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    Blog Vive Más

    La montaña siempre un ejercicio de humildad

    26/01/18 11:46 / por Ivan Vallejo

    Estimados amigos del Ecuador y del mundo, reciban desde Quito un fraterno saludo con mis mejores deseos de un feliz año 2018, sobre todo con mucha salud, y a partir de ello que trabajo, entusiasmo y amor por lo que hacemos, haya bastante.

     Esta crónica que hoy les comparto tiene que ver con la escalada que junto con mis queridos y fraternos amigos –Carla Pérez y Esteban Mena (Topo)- realizamos el fin de año en la vía más difícil que tiene el Ecuador: la Cara Norte del Obispo, en el Altar.

     

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    Para quienes gustan y disfrutan de la lectura, les ofrezco esta crónica que relata nuestra úlitma experiencia en la montaña mas bella del Ecuador: El Altar.

    Para quienes gustan de la fotografía, les comparto las imágenes que recogí en esta preciosa escalada.

    En ambos casos, que lo disfruten.

     

    El Altar es sin duda la montaña más bella que tiene el Ecuador.

    Ubicada al oriente de Riobamaba, con sus dos cumbres más altas sobresaliendo a cada extremo de esa herradura de montañas aparece como un espectáculo bello y soberbio de la naturaleza. Pero asi como es de preciosa, alberga también las rutas más difíciles del Ecuador, y de todas ellas la reina es, sin duda, la cara Norte del Obispo.

    El Obispo es el pico más alto de las nueve cumbres del Altar, fue escalado por primera vez en agosto de 1963 por una cordada de montañistas italianos: Ferdinando Gaspar, Marino Tremonti y Claudio Zardini, por la vertiente sur. La primera ascensión nacional estuvo a cargo de Marco Cruz, Rómulo Pazmiño y Luis Salazar el 27 de Diciembre de 1963.

     

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    Pero la cara norte, que es la que da hacia la caldera de la montaña, fue escalada apenas en Diciembre de 1984 por dos queridos amigos del Club de Andinismo de la Politécnica, Oswaldo Morales y Guilles de Latallaide

    A ese par de guerreros les tomó cinco días escalar los 800 metros de esa tapia impresionante. Ese hecho fue, y es hasta ahora, uno de los mejores logros en el montañismo nacional. He de mencionar que antes de aquella escalada hubo un intento potente y bien armado de parte de otros dos buenos amigos y muy buenos escaladores, Jorge Juan Anhalzer y Rómulo Cárdenas, acompañados de un par de montañistas españoles. Esa tentativa casi termina en tragedia pues cuando se hallaban en la famosa ¨Canaleta Oscura¨, al final del primer tercio de la pared, mientras Rómulo escalaba ese oscuro corredor de piedra, se desprendió una roca a la cual se hallaba sostenido, salió volando por los aires y fue a caer encima de la pierna de Jorge Juan, con la consecuente rotura de su extremidad inferior. Un accidente de esas características en una pared de esas condiciones, fácilmente puede convertirse en una tragedia griega. Providencialmente en el Valle de Collanes –muy cerca de la pared- guiando un grupo de turistas, se encontraba ese extraordinario montañista y gran ser humano: Marquito Cruz, quien fue el principal artífice del rescate de Jorge. Todos los detalles de esa gesta fácilmente darían para otra crónica, pero eso es otra historia

     

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    Inmediatamente después del logro de Oswaldo y Guilles nosotros, sus compañeros de Club, nos pusimos manos a la obra con el interés de poder repetir semejante historia y semejante escalada.

    Para fin de año de 1985 estuvimos listos Willie Navarrete, Antonio Estupiñan, Javicho Cabrera y un servidor.

    Al final del segundo día de escalada habíamos llegado al pie del Glaciar Colgante, eran las 5 y 30 de la tarde, Antonio arrancó en el primer largo por encima del glaciar, había escalado unos 30 metros cuando de repente escuchamos un gran estruendo debido a la rotura de una gran placa de nieve que produjo en ese instante un enorme alud. Antonio bajo volando, literal, los 30 metros que había escalado, pasó por encima de nuestras cabezas y continúo volando al vacío otros 30 metros. Afortunadamente y gracias a Dios, el seguro que había puesto el Willie estuvo a prueba de balas y pudo resistir semejante caída. El rescate de Antonio comenzó a las seis de la tarde y solamente a las diez de la noche le tuvimos de vuelta, con vida, un poco golpeado, asustado, pero a salvo.

     

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    Al día siguiente, como era lógico, sonaban las trompetas con los acordes de retirada. Descender la Cara Norte es sin duda, una ruleta rusa, porque la roca no es buena y los anclajes confiables son bastante escasos. Ventajosamente varios de los Ángeles de la Guarda, no me quedan dudas, son montañistas.

    Al año siguiente volvimos a la carga nuevamente pero en esta ocasión cuando Pancho Espinoza cruzaba el “Cono de Deyección” una piedra, que era parte de un alúd, le alcanzó en su hombro derecho dejándolo inútil y…hasta allí llegamos.

    Los dos años siguientes regresamos a la Norte, pero ni siquiera pudimos acercarnos al pie de la pared porque el clima fue inclemente.

     

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    Finalmente en marzo de 1993 volvimos nuevamente Willie, Javicho, Lucho Naranjo (QEPD) y un servidor. En dos días llegamos al Glaciar Colgante, al final de la tarde nos acomodamos en un precario lugar para pasar la noche, casi colgando al vacío, con la firme intención de resolver al día siguiente lo único que nos faltaba, 250 metros. Pero si de algo adolece el Altar es de estabilidad en el clima y esto porque se encuentra a las puertas de la selva amazónica, caracterizada por su gran humedad. Expuesto este antecedente, a las siete de la noche se descompuso el clima y dos horas más tarde estábamos envueltos de una cruel tormenta. Amanecimos calados hasta los huesos, temblando del frío y con las peores condiciones para bajar –una vez más- por semejante pared. Conservo como uno de los recuerdos más duros en mi vida de montañista los 12 rapeles que tuvimos que hacer para fugarnos de esa pared. Cuando llegamos al pie de la Norte no quedaba un milímetro de nuestro cuerpo que estuviera seco.

    En mi caso personal yo salí despotricando contra el clima y la pared, pensando que cinco veces era suficiente. Tanto como la humedad, la frustración enfriaba mi cuerpo y mi espíritu. Con semejante epílogo decidí olvidarme de la Cara Norte.

     

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    En los años posteriores vinieron varios intentos a cargo de la nueva generación de montañistas y ninguno de ellos con feliz término, hasta que por fin en 2014, hace apenas cuatro años, una cordada formada por dos extraordinarios muchachos pertenecientes a la pléyade de esta nueva generación de escaladores que ejerce el oficio de una manera espectacular, lograron la primera repetición. En enero de ese año Tico Morales y Felipe Guarderas llegaron a la cima del Obispo escalando la indomable Cara Norte. Y el logro de este par de chicos fue mayor todavía teniendo en cuenta que escalaron la pared en un día! Si. En un día! Lo que a Oswaldo y Guilles les tomó cinco días. Me alegré sobremanera con semejante escalada conseguida de semejante manera. En mi fuero interno tenia una inmenso alivio pues a mi entender el Tico y Felipe habían podido abrir de nuevo esa puerta que había quedado cancelada por 30 años. Esto me dio pie para pensar nuevamente en la idea de regresar, una sexta vez, a la Norte del Obispo.

    Como parte del equipo de Somos Ecuador tengo a dos aliados extraordinarios que también pertenecen a esa pléyade de la nueva generación de grandes escaladores: Esteban Mena (Topo) y Carla Pérez. Más me demoré en preguntarles que ellos en aceptar mi propuesta de irnos para la Norte. Esteban había estado antes un par de veces y Carla una, así que todos sabíamos muy bien a lo que íbamos. En el mes de Diciembre, que es la mejor época para ir al Altar, el clima estuvo inmejorable: cielo azul, ambiente seco y sin viento. Así que apenas festejamos el nacimiento del Niño Jesús tomamos las mochilas y nos fuimos para el Altar.

    En la tarde del 25 de Diciembre cuando comprábamos el pollo Stav en Riobamba, como parte del menú, llovía a cántaros y del Altar… ni las orejas. A las siete de la noche llegamos a la hacienda Releche en medio de la lluvia; la verdad, me daban ganas de llorar. El 26 fue peor, de Releche al Valle de Collanes hubimos de ponernos el Gore Tex y el poncho de aguas encima para hacerle frente a las aguas; inteligentemente el Topo me dijo –Ivansán yo creo que debemos abortar la misión- y yo, en mi legendario optimismo insistí en que debíamos continuar. Llegamos al Campo Base –al final del Valle de Collanes- todos empapados: las mulas, los arrieros, las cargas y los montañistas. Cuando nos despedimos de Holger le dijimos que volviera por nosotros la mañana del 31 de Diciembre.

    Finalmente contra todos los pronósticos el 29 de Diciembre a las 5:56 de la mañana el Topo arrancaba con el primer largo en la Norte del Obispo, la Carla y un servidor íbamos tras el. A las 8 y 30 de la mañana ya estábamos al pie de la Canaleta Oscura que es el crux –como dicen los chicos ahora- del primer tercio de la pared. La verdad que es un deleite ver como escala el Topo, con la gracia y la soltura que lo hace nos hace creer que luchar contra la gravedad es un juego de niños. Solo cuando me llegaba el turno confirmaba lo que cuesta mucho ganarle a la gravedad en una escalada de esas condiciones. A las 10 y 10 estábamos en la Suite del Embajador, un lugar donde varias noches había pasado al raso en mis intentos anteriores. No lo podía creer, la sorpresa me rebasaba, antes siempre nos había tomado una jornada entera poder llegar a este lugar. Hoy en apenas cuatro horas ya lo habíamos resuelto. No me quedan dudas que estos chicos son unos extraordinarios.

     

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    El segundo tercio de la pared afloja un poco la verticalidad pero escasean los sitios para un buen seguro, sin embargo pudimos avanzar bastante rápido.

    A las 2 y 30 habíamos llegado al pie del Glaciar Colgante y mi sorpresa seguía siendo inmensa pues en todas las ocasiones anteriores me había tomado dos días llegar hasta ese sitio. Cuando puse el pie en el Glaciar se me vinieron todas las imágenes y los recuerdos del accidente del 85; la noche durísima que pasamos en el vivac del 93. Ahora los chicos me cedieron el honor de abrir la vía. En los 120 metros que me correspondieron me retumbaba continuamente el estruendo de la avalancha del 85 y el silencio infinito que quedó después en el ambiente. Para conjurar esos cucos hacía ejercicios de respiración confiando en la intuición y en la Providencia. Para matizar la historia, cuando yo arrancaba a escalar el glaciar el clima se había puesto medio raro, al terminar los primeros 30 metros había empezado a granizar y luego a nevar, como estaba tan inmerso en lo delicado del terreno no le daba mucho espacio a mi “loca de la casa” para la queja. Cuando terminé mi parte la Carlita tomó la posta y para esto toda la pared estaba envuelta en bruma. Pero por fin habíamos terminado el Glaciar y nos hallábamos a unos tres largos de la cima (200 metros), al frente nuestro estaban las dos canaletas que el Tico Morales generosamente le había explicado al Topo por donde había que seguir. Con el compromiso y las ganas que le caracterizan, Esteban se acercó hasta el pie de la canaleta para confirmar, con la pena más grande, que estaba completamente tapizada de nieve y hielo, con lo cual era imposible resolver esos dos tramos, puesto que la opción de poder asegurar en el ascenso era completamente nula. La expresión popular dice “sentí como que me echaron un balde de agua fría”, aquí no cabía esa expresión pues le quedaba corta, lo que correspondía era “sentimos como que nos hubieran echado encima una catarata de agua helada”. El silencio que se hizo entre los tres se podía cortar con la navaja que llevábamos colgada en el arnés. Ese silencio, que nos pareció infinito, tenía un solo mensaje, doloroso: Esta vez tampoco se puede. Sacando fuerzas de flaqueza nos movimos buscando alguna otra opción para aprovechar la nieve acumulada en la pared, pero cualquiera de ellas nos llevaban a un laberinto sin salida.

    Casi sin hablar mucho recogimos la cuerda para comenzar el descenso. Para estas ya habían dado las 5 y 30 de la tarde, y estaba clarísimo que deberíamos pasar una noche en la pared a la intemperie, a pelo, con lo único de ropa que llevábamos puesto. Después de dos rapeles llegamos a una cueva de hielo que era nuestra única esperanza para que la larga noche fuera menos dura.

    Llegados a la cueva, nos sacamos los arneses, nos arropamos con las chaquetas de pluma y acomodamos las mochilas en el piso para aislarnos un poco del hielo. La Carla al un extremo, el Topo al medio y un servidor al otro extremo, nos sentamos apretujados para poder abrigarnos un poco más. Lo primero que hicimos fue sacarnos las botas y abrigarnos los pies porque estaban mojados y helados, al estar la nieve tan húmeda la protección de la bota no había sido suficiente.

    De las mochilas sacamos los chifles, los trozos de pan integral y la mortadela “clásica” (como rezaba en la etiqueta). Disfrutando lentamente cada bocado, porque la noche sería bien larga, fuimos acomodando nuestra piel y nuestros huesos a ese refugio de hielo.

    Una noche pasada al raso en la montaña y en esas condiciones, demás está decirles, es interminable. Mirar el reloj es una tortura que medianamente se la puede sobrellevar únicamente con el poder de la mente y el ejercicio de la respiración.

    Casi doce horas temblando del frio, tiritando uno al lado del otro, echándonos mentiras mutuamente para animarnos, rogando que el paso de las horas no fuera tan cruel y tan lento. Chupando caramelos uno tras otro con la teoría de que el azúcar sirve para abrigarte.

    Por fin dieron las 5 y 30 de la mañana del 30 de Diciembre.

    Malanochados y entumidos por el frío empezamos a preparar la bajada. El Topo, con su gran habilidad, hizo un artilugio en el hielo para poder colocar las cuerdas para el descenso y las 5:56 arrancamos con el primer rapel.

    A las 2 y 30 de la tarde recogimos las cuerdas después del último rapel, habían sido catorce en total. Gracias a Dios estábamos sanos y salvos después de bajarnos por la Cara Norte luego de quedarnos a escasos 200 metros de la cima.

     

    Estas son las montaña, las bellas montañas, con sus grandes lecciones de esfuerzo, compromiso, disciplina, coraje, y también de humildad, pues no siempre se puede lograr la cima a la primera o a la segunda, o en mi caso a la sexta…jejeje.

    Así pasa en las montañas y así pasa en la vida, el tema está en que a partir de reconocer que auténticamente uno lo ha dado todo para ese intento, hay que sacar las conclusiones, los aprendizajes si es del caso, y volver por un nuevo intento con el mismo compromiso y la misma dedicación.

    A la una de la mañana del 1 de Enero, en medio del ruido del torrencial aguacero que inundaba Quito, el Topo , la Carlita, mi familia y un servidor abríamos una botella de champagne para celebrar la vida y sus bellas lecciones a través de la montaña.

     

    Que tengamos un feliz 2018 estimados amigos

    Un cariñoso abrazo desde Quito.

     

     

    Temas: Experiencias y Lugares

    Ivan Vallejo

    Escrito por Ivan Vallejo

    Destacado Montañista Ecuatoriano. Es el primer ecuatoriano que ha conseguido subir a las cimas de las 14 montañas de más de 8000 metros de altura.

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